Hay frases que, por más que las escuchemos una y otra vez, nunca pierden su verdad. Una de ellas resuena con especial fuerza en estos tiempos que corren:
“Cuando el pasado no termina de pasar, el futuro no termina de llegar.”
Y esa es, quizás, la mayor trampa en la que está atrapada la Argentina.
Como sociedad, nos hemos convertido en expertos en mirar por el espejo retrovisor. Revivimos debates oxidados, justificamos errores con viejas glorias, y cada vez que la realidad nos exige respuestas nuevas, ofrecemos los mismos discursos de siempre, con las mismas recetas que ya fracasaron.
Vivimos en loop. En Santa Fe y en el país entero, asistimos a una clase magistral de cómo repetir sin aprender. Una y otra vez. Cambian los nombres, pero no las prácticas. Cambian los gobiernos, pero no los vicios. Cambian los slogans, pero no los resultados. Y mientras discutimos quién fue más corrupto, quién robó más o quién mintió primero, la inflación pulveriza los salarios, la pobreza crece, la economía se achica y el desempleo avanza con rostro joven.
Es como si estuviéramos condenados a caminar en círculos. Porque si el pasado no termina de irse, ¿cómo puede el futuro abrirse paso?
Hoy, muchos dirigentes siguen atrapados en una lógica de guerra fría política. Todo es blanco o negro, todo se reduce a peronismo o antiperonismo, a casta o pueblo, a ajuste o populismo. No hay espacio para la sensatez, para los matices, para un proyecto real de desarrollo. El país se sigue gobernando con el retrovisor en lugar del parabrisas.
Y mientras tanto, ¿qué pasa con el presente?
El presente duele. Duele en cada pyme que cierra, en cada jubilado que no llega a fin de mes, en cada joven que se va del país buscando lo que aquí se le niega. Duele en la clase media que se volvió pobre, y en los pobres que ya ni siquiera sueñan con dejar de serlo. Duele en los que producen, en los que enseñan, en los que curan, en los que trabajan a sol y sombra y sienten que siempre están perdiendo.
El problema no es el ajuste, ni el gasto público, ni el déficit en sí mismo. El problema es que siempre pagamos los mismos. Y siempre cobran los mismos. La política ajusta hacia abajo, pero los privilegios siguen intactos. Se recortan derechos, pero no se tocan los privilegios. Se apela a la épica del sacrificio, pero nunca lo hacen los que están arriba.
Por eso la bronca crece. Por eso la desconfianza es la única moneda estable. Porque no hay rumbo. Porque no hay futuro si seguimos enredados en las telarañas del ayer.
Pero atención: no se trata de negar el pasado. Sería un error. La historia es nuestra maestra. Lo que no podemos es vivir atrapados en ella. Debemos hacer del pasado un punto de partida, no una condena. Aprender de lo que hicimos mal. Valorar lo que se hizo bien. Y soltar. Soltar el rencor, el relato, el odio, la revancha eterna.
Necesitamos coraje. Coraje político para romper estructuras oxidadas. Coraje social para cambiar la cultura del “no se puede”. Coraje económico para innovar, para apostar al trabajo, al mérito, al conocimiento, a la producción con valor agregado, al desarrollo genuino y no a la bicicleta financiera ni al subsidio eterno.
Porque el futuro no se construye con nostalgia, ni con odio. Se construye con ideas, con decisión, con vocación de servicio y con un liderazgo que no le tema al cambio, pero que tampoco lo use como slogan vacío.
Ya no tenemos más tiempo para discursos lindos ni promesas recicladas. O rompemos este ciclo vicioso de decadencia, o nos resignamos a vivir en una eterna sala de espera, viendo cómo el mundo avanza mientras nosotros seguimos discutiendo los fantasmas del pasado.
Porque si el pasado no termina de pasar, el futuro jamás va a llegar.
Y eso es algo que debemos entender hoy. No mañana.
Es nuestra responsabilidad, como ciudadanos, como periodistas, como dirigentes, como pueblo. Nadie vendrá a rescatarnos. Nadie lo hará por nosotros.
El tiempo de despertar es ahora.
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