Por Antonio Paré
En los tiempos que vivimos, muchas veces se le exige a la escuela lo que en realidad corresponde al hogar. Se le pide al docente que enseñe, que eduque, que forme, que contenga, que comprenda, que sea psicólogo, padre y madre a la vez. Pero hay una verdad que no se puede negar: los niños y adolescentes tienen dos fuentes fundamentales de aprendizaje, el hogar y la escuela. Y cuando una falla, la otra sola no alcanza.
La educación es como una pelea de boxeo: se puede tener una buena mano izquierda, pero si no se sabe rematar con la derecha, la pelea está perdida. En la vida pasa exactamente lo mismo. La escuela enseña valores, enseña lo que está bien y lo que está mal, enseña respeto, normas y convivencia. Pero cuando el alumno vuelve a su casa y ve todo lo contrario, el mensaje se rompe, se confunde, y el chico termina sin saber distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.
Entonces ocurre lo que hoy vemos muchas veces: docentes que se esfuerzan, que enseñan, que dan ejemplos, que intentan formar buenas personas, pero todo ese trabajo se desmorona cuando el ejemplo en el hogar es otro. Y no hay sistema educativo que aguante cuando la base está fallando.
La escuela enseña, pero la casa educa.
La escuela instruye, pero la familia forma.
La escuela puede abrir la cabeza, pero el hogar forma el corazón y los valores.
Y cuando la sociedad entienda esto, recién ahí vamos a empezar a solucionar muchos de los problemas que hoy vemos en la juventud.
Porque al final, cuando algo falla, no falla solo la escuela, no falla solo el Estado, no fallan solo los docentes.
Falla el ser humano.






