Pensemos en los políticos populistas que administran un presupuesto público. Tienen dos caminos: invertir en infraestructura productiva para atraer fábricas y generar trabajo, o repartir miles de bolsones de alimentos y chapas para los techos.
La primera opción genera empleos formales. El ciudadano consigue independencia económica y deja de vivir condicionado por las urgencias más elementales. Pero esa autonomía representa una amenaza para el aparato clientelar.
Un ciudadano económicamente independiente ya no necesita intercambiar su voto por supervivencia. Puede decidir con libertad y resulta más difícil de controlar. Por eso, quienes hacen del clientelismo una herramienta de poder eligen el segundo camino.
Repartir dádivas alivia la necesidad del momento, pero no crea riqueza a largo plazo. La asistencia convertida en instrumento electoral garantiza que el votante continúe siendo vulnerable. Así se cierra el ciclo de la dependencia.
En las próximas elecciones, esa persona seguirá atravesando las mismas urgencias y necesitará que el mismo político vuelva a rescatarla. De esa manera, se perpetúa un mercado de votos cautivos, sostenido sobre necesidades que nunca terminan de resolverse.
Esa lógica explica por qué tantos barrios permanecen sin calles pavimentadas ni servicios básicos, mientras que, en cada campaña electoral, sus paredes aparecen tapizadas de propaganda y sus vecinos reciben obsequios de quienes vuelven a pedirles el voto.
Y cuando hablo de populismo, hablo también de la historia de quienes gobernaron y ahora pretenden regresar al poder ofreciendo asistencia frente a las mismas necesidades que dejaron sin resolver. Hablo de quienes hoy reclaman soluciones que también tuvieron la posibilidad y la responsabilidad de construir cuando administraban los recursos públicos.
Quienes acumularon más de veinte años de gobierno deben responder por lo que hicieron y por lo que dejaron pendiente. No pueden atribuir toda la pobreza a las gestiones actuales, como si su propia historia hubiera desaparecido y nunca hubieran tenido poder de decisión.
Hay un profundo cinismo en volver a hacer campaña sobre las mismas miserias que no resolvieron mientras gobernaban. Las necesidades que entonces quedaron postergadas se convierten hoy en consignas, promesas y argumentos para recuperar el poder. Cambian los discursos, pero las familias siguen esperando.
Los gobiernos actuales deben rendir cuentas por sus decisiones. Esa obligación también alcanza a quienes los precedieron. Haber pasado a la oposición no borra las responsabilidades de haber gobernado ni convierte las deudas propias en culpas exclusivamente ajenas.
La necesidad se atiende por un día; la dependencia se prolonga durante años. Y mientras el ciudadano espera una oportunidad para salir adelante, el clientelismo necesita que siga esperando.
La pobreza exige soluciones y responsabilidades. Quienes tuvieron décadas para combatirla y no lo hicieron no pueden regresar a pedir el voto como si acabaran de descubrirla.
Nota importante.
Le recuerdo que soy periodista independiente y que mis editoriales no responden a ningún partido político ni a intereses ajenos. Lo que escribo y publico lleva mi firma y es mi responsabilidad.
Quien se sienta aludido es libre de interpretar lo expresado y sacar sus propias conclusiones. Está en todo su derecho, así como yo estoy en el mío de expresar mi opinión con libertad.






