Vetar la ley de discapacidad, la muestra más cruda de deshumanización.
Cuando un gobierno decide vetar una ley que apunta a proteger los derechos de las personas con discapacidad, lo que queda al desnudo no es una diferencia técnica o presupuestaria, sino la verdadera ausencia de humanidad. Si el sufrimiento de los más vulnerables ya no es un factor a considerar en la toma de decisiones, entonces claramente no estamos bien como sociedad.
Mientras se pelea con medio país para aplicar ajustes brutales y cobrar impuestos, algunos aún tienen el tupé de salir a defender lo indefendible.
A esos que todavía lo justifican, les pregunto: ¿realmente entienden lo que está pasando?
Aclaro, como siempre: no estoy del lado de nadie. Ni del actual gobierno que se autodestruye con cada decisión que toma, ni de la “casta” refinada que gobernó durante décadas y también nos dejó en ruinas. Porque la verdad, mis queridos amigos, es que nadie está buscando el bien común. Todos, absolutamente todos, parecen querer cargos por conveniencia personal, por poder, por ambición. Nunca por el pueblo.
Ahora bien, es cierto que algunos recortes y achiques pueden ser necesarios. Nadie lo niega. Pero hasta ahí. Porque una cosa es ordenar las cuentas del Estado, y otra muy distinta es que ese orden sea a costa del hambre, la salud y la dignidad de la gente. ¿Acaso tiene sentido acomodar una economía familiar si para lograrlo hay que quitarle el pan a los hijos? ¿Hasta qué punto vamos a naturalizar este nivel de crueldad?
No se trata de ideologías. Se trata de humanidad. De entender que detrás de cada ajuste hay personas. Que detrás de cada número, hay una historia. Que detrás de cada veto, hay una necesidad que queda desatendida.
Y si el camino elegido por quienes gobiernan es mostrarse como los mejores economistas, pero dejando un pueblo hecho trizas, entonces no estamos hablando de gestión, estamos hablando de un experimento cruel, donde la gente es el conejillo de indias.
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