En Villa Ocampo pareciera que vivimos atrapados en una contradicción eterna.
Hace años que la comunidad reclama y con razón por la peligrosidad del tránsito en la Ruta Nacional N.º 11, en el tramo que va desde la Ruta Provincial 32 hasta el Bv. Brown. Ese sector se convirtió en escenario de innumerables accidentes, muchos de ellos fatales, que dejaron familias destrozadas y un pueblo entero enlutado. Las voces de reclamo se multiplicaron en cada esquina, en cada reunión, en cada mesa de café: “Hace falta control”, “Necesitamos medidas urgentes”, “Basta de muertes en la ruta”.
Hoy, cuando desde la provincia y la gestión local se decide implementar una herramienta concreta como los radares para controlar la velocidad, los mismos que exigían soluciones ahora ponen el grito en el cielo. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué clase de ciudadanos somos? Queremos normas, pedimos que se hagan cumplir, pero cuando finalmente se aplican, nos enojamos porque nos tocan el bolsillo.
Seamos claros: un radar no es un verdugo, es un salvavidas. No mata, no atropella, no destruye familias. Eso lo hace la imprudencia al volante. El radar simplemente marca la velocidad y sanciona a quien decide ignorar la norma. ¿Tan difícil es entenderlo? Si la cartelería indica 60 km/h y usted transita a 50 km/h, no habrá multas, no habrá excusas. Quien respeta la ley no paga. Punto.
El problema es otro, y debemos decirlo con todas las letras: el verdadero problema somos nosotros, los ciudadanos ocampenses. Somos hijos malcriados que pedimos disciplina, pero que al mismo tiempo no queremos que nos eduquen. Somos los que señalamos con el dedo al Estado, pero no nos miramos al espejo. Queremos seguridad, pero no queremos renunciar a la imprudencia. Queremos controles, pero no queremos que nos controlen.
Esa incoherencia es la que está destruyendo el tejido social. Porque un pueblo que no acepta la ley, que no entiende que la norma no es un capricho sino un mecanismo de convivencia, es un pueblo condenado a repetir las tragedias. Y no es el mundo el que está mal, no es el gobierno, no es la tecnología, ni siquiera es la policía. El problema sos vos, el problema soy yo, el problema somos todos los que seguimos creyendo que podemos vivir en la anarquía de hacer lo que se nos antoja.
Y aquí aparece otra parte fundamental de todo este debate: si a vos no te gusta lo que sucede, no intentes arrastrar a los demás a tu inconformismo. No quieras que todos se unan a tus ideas como si tu visión fuera la única verdad. Eso es apenas tu punto de vista, no el de la comunidad entera. Lo que a vos te molesta, tal vez a otro lo protege. Lo que a vos te parece “una trampa para recaudar”, para otro puede significar la diferencia entre llegar vivo a su casa o terminar en una sala de velatorio.
Como periodista y como ciudadano llego a una conclusión firme: hasta que no asumamos que para cambiar la realidad primero debemos cambiarnos a nosotros mismos, nada será suficiente. Podrán poner mil radares, levantar carteles cada cien metros, llenar la ruta de inspectores. De nada servirá si seguimos manejando con la soberbia del que cree que está por encima de la ley.
La próxima vez que escuchemos de una muerte en la Ruta 11, pensemos bien antes de culpar al radar o al Estado. Porque quizás la responsabilidad no esté allá afuera, sino en el interior de cada uno de nosotros.
Y si duele escucharlo, mejor. Porque solo con esa incomodidad empezaremos a ser ciudadanos coherentes, conscientes y responsables.
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