En tiempos donde la educación enfrenta desafíos profundos, duele observar ciertas actitudes que contradicen la esencia misma de la vocación docente. No se trata de generalizar —porque existen miles de educadores comprometidos, formados y ejemplares— sino de señalar conductas que afectan la credibilidad de una profesión que debería ser sinónimo de ética, formación y ejemplo.
Resulta preocupante cuando quienes fueron capacitados para educar, formar valores y guiar a niños y adolescentes, adoptan posturas públicas cargadas de insultos, descalificaciones y expresiones que distan mucho de la profesionalidad que el rol exige.
Porque aquí no se debate el derecho al reclamo.
El reclamo es legítimo.
La forma es lo que define el nivel.
Un niño no aprende solo de los contenidos académicos. Aprende observando. Aprende imitando. Aprende incorporando actitudes.
¿Qué mensaje recibe un alumno cuando escucha a su maestro hablar de respeto en el aula, pero observa agresividad en redes sociales?
¿Qué interpreta cuando quien debe enseñarle valores promueve insultos o convoca desde la descalificación?
La incoherencia educa más que cualquier discurso.
Y el daño no es político. Es cultural.
Reclamar sí. Degradar no.
La protesta forma parte de la vida democrática.
Pero la violencia verbal jamás construye autoridad moral.
Un profesional de la educación debería estar capacitado para reclamar con argumentos, con fundamentos, con firmeza y con altura. No con agravios. No con mensajes que rebajan el debate público.
Cuando el reclamo se transforma en agresión, pierde legitimidad.
Y cuando se naturaliza la confrontación como método, lo que se debilita no es un gobierno, sino la confianza social.
Memoria selectiva y oportunismo
También es llamativo cómo, en determinados momentos, aparece una memoria selectiva que olvida contextos anteriores. Las crisis educativas no nacieron ayer. Los problemas estructurales vienen de años.
No se trata de defender a ningún gobierno.
Se trata de exigir coherencia.
Quien hoy levanta la voz debería haber tenido la misma firmeza en otros tiempos. De lo contrario, el reclamo pierde consistencia y se transforma en postura coyuntural.
La sociedad observa
El docente es referente.
Es modelo.
Es autoridad formativa.
Cuando esa figura se desdibuja en expresiones agresivas o en actitudes que contradicen los valores que enseña, el impacto no queda en una red social: queda en la conciencia de un niño.
Y un niño copia.
La sociedad necesita educadores firmes, preparados, críticos si es necesario, pero siempre profesionales. Porque educar no es solo transmitir conocimientos; es formar carácter.
Si queremos una generación con respeto, coherencia y valores sólidos, el primer ejemplo debe venir de quienes ocupan el aula.
Reclamar es un derecho.
Ser ejemplo es una responsabilidad.
Y en educación, la responsabilidad siempre debe estar por encima del enojo.
Editorial: Antonio Paré
Redacción: Info Central






