Una vez más, la Argentina se estremece ante una tragedia que jamás debió ocurrir. Una adolescente de apenas 14 años fue encontrada sin vida en Córdoba, y como sucede casi siempre, después del horror comienza la carrera por despegarse de las responsabilidades. Todos señalan a alguien más. Todos buscan un culpable. Todos intentan limpiar su conciencia.
Pero cuando una sociedad llega al punto de llorar a una niña, es momento de detenerse y reflexionar con absoluta sinceridad.
Desde hace años sostengo algo que muchos no quieren escuchar: la prevención comienza en el hogar. No cuando ocurre la tragedia. No cuando aparecen las cámaras de televisión. No cuando las redes sociales se llenan de mensajes de indignación. Comienza mucho antes.
Vivimos en una época donde muchos padres parecen haber renunciado a ejercer la autoridad y los límites necesarios para proteger a sus hijos. Se confunde libertad con abandono. Se confunde confianza con desinterés. Se confunde ser un padre responsable con ser simplemente un padre complaciente.
Una adolescente de 14 años sigue siendo una niña. Puede ser inteligente, responsable, educada y madura para su edad, pero sigue siendo una menor de edad enfrentando un mundo que muchas veces es cruel, peligroso y despiadado.
Lamentablemente, en la sociedad existen delincuentes, abusadores, violentos, manipuladores y personas capaces de cometer las peores atrocidades. Negar esa realidad es vivir en una fantasía. Por eso la responsabilidad de los adultos es anticiparse a los riesgos y proteger a quienes todavía no tienen la experiencia suficiente para dimensionarlos.
También debemos reflexionar sobre el uso irresponsable de las redes sociales. Muchas veces se expone información personal sin medir las consecuencias. Se publican rutinas, ubicaciones, viajes y movimientos que terminan siendo observados no solamente por gente de bien, sino también por quienes están esperando una oportunidad para actuar.
La seguridad no es paranoia. La prevención no es exageración. La protección no es falta de confianza.
Cuando sucede una tragedia como esta, no alcanza con exigir justicia. Claro que debe haber justicia. Claro que los responsables directos deben pagar con todo el peso de la ley. Pero también debemos tener la valentía de preguntarnos qué estamos haciendo como padres, como familias, como instituciones y como sociedad para evitar que estas historias vuelvan a repetirse.
Porque después del dolor, después de las lágrimas, después de los homenajes y las marchas, una realidad sigue golpeándonos de frente: ninguna condena devuelve una vida.
Tal vez sea momento de recuperar valores que parecían antiguos pero que siguen siendo indispensables: el cuidado, la presencia, el acompañamiento y los límites.
Ser padre no es solamente amar. Ser padre es proteger.
Y aunque algunos no quieran escucharlo, muchas veces el exceso de permisividad termina dejando a nuestros hijos expuestos a un mundo que todavía no están preparados para enfrentar.
La libertad sin responsabilidad no protege. La indiferencia no educa. La ausencia no acompaña.
Y cuando la tragedia golpea la puerta, ya es demasiado tarde para preguntarse qué podríamos haber hecho diferente.
Por Antonio Paré





