Su planteo apunta a algo que se escucha cada vez con mayor fuerza en la calle: mientras buena parte de la ciudadanía está preocupada por trabajar, sostener su hogar y llegar a fin de mes, una parte de la dirigencia política continúa atrapada en discusiones electorales, internas y espacios de poder.
Y quizás allí esté uno de los mayores problemas de la política actual: confundir las prioridades de la dirigencia con las prioridades de la gente.
Araujo plantea concretamente si corresponde involucrar al ciudadano común en determinadas definiciones políticas, como la elección de un vicegobernador, cuando cada espacio podría resolver internamente sus candidaturas. Pero detrás de esa discusión aparece un interrogante mucho más profundo: ¿qué lugar ocupan hoy los problemas reales de la sociedad en la agenda política?
Porque la persona que busca trabajo no está pensando en una candidatura dentro de dos años. El comerciante que intenta sostener su negocio tampoco. El trabajador que hace cuentas para pagar servicios, alimentos y compromisos familiares difícilmente tenga como principal preocupación una reforma de las reglas electorales.
La necesidad de la gente no puede transformarse en una bandera que cada partido levanta únicamente cuando le resulta conveniente. El trabajo, la producción, la seguridad, la educación y las oportunidades deberían estar por encima de cualquier disputa partidaria.
La política tiene sentido cuando sirve.
Cuando deja de hacerlo y comienza a mirarse únicamente a sí misma, aparece el hartazgo. Y ese cansancio social puede abrirle las puertas a cualquier personaje que llegue prometiendo destruir todo lo existente, simplemente porque encontró una sociedad cansada de escuchar siempre las mismas discusiones.
Araujo lo advierte en su publicación: el peligro aparece cuando el desencanto lleva a elegir dirigentes que se presentan como enemigos de la política tradicional y después pueden terminar haciendo las cosas todavía peor.
Y cuando eso sucede, la factura nunca termina pagándola solamente la dirigencia. La paga el ciudadano.
Por eso la reflexión debería superar nombres, partidos y elecciones.
Antes de discutir quién ocupará el próximo cargo, quizás habría que preguntarse cuántas personas necesitan conseguir un empleo. Antes de pensar en cómo conservar espacios de poder, preguntarse qué necesita el comerciante, el productor, el trabajador o el joven que busca construir su futuro.
La política no debería utilizar las necesidades sociales para alimentar enfrentamientos partidarios. Debería sentarse a trabajar para resolverlas.
Mario Araujo cerró su publicación con una pregunta que, en realidad, debería atravesar a toda la dirigencia:
“¿Estamos realmente escuchando lo que la gente nos está pidiendo?”
Tal vez allí esté el verdadero debate.
Porque mientras algunos siguen discutiendo el próximo casillero electoral, la gente está esperando soluciones para el presente.
Redacción y Adaptación Antonio Paré






