Por Antonio Paré
Hay una diferencia inmensa entre la solidaridad y el populismo. La solidaridad nace del corazón, busca levantar al que cayó y darle las herramientas para recuperar su dignidad. El populismo, en cambio, cuando convierte la asistencia en un modelo permanente, termina administrando la pobreza en lugar de combatirla.
Hace años que observo una forma de hacer política que parece sentirse más cómoda repartiendo migajas que generando oportunidades. Mantener a las personas con lo justo para sobrevivir, pero nunca con lo suficiente para crecer. Alimentarlas a medias, mantenerlas dependiendo del favor de turno y convencerlas de que esa es la única salida.
En mi opinión, allí está uno de los mayores daños que sufrió la Argentina. Porque cuando la ayuda deja de ser un puente y se convierte en un destino, deja de ser solidaridad para transformarse en dependencia.
Si existe un verdadero veneno para una sociedad, es cambiar la dignidad del trabajo por las migajas de un voto. No hay acto más perverso que utilizar la necesidad de una familia para conseguir poder político. La pobreza jamás debería ser un instrumento electoral.
Tengo muchos años dedicados a ayudar a quienes realmente necesitan una mano. No hablo por ideología ni por conveniencia; hablo desde la experiencia. Sé perfectamente distinguir a quien atraviesa una necesidad genuina de quien hace de la dependencia una forma de vida. Por eso puedo afirmar que la verdadera solidaridad no consiste en mantener personas dependientes, sino en darles la oportunidad de volver a caminar por sus propios medios.
También veo con preocupación que algunos dirigentes y ciertos comunicadores continúan defendiendo ese modelo como si fuera una muestra de sensibilidad social. En mi opinión, confunden solidaridad con dependencia. Mientras algunos hablan de inclusión, terminan consolidando un sistema que priva a miles de personas de descubrir el valor del trabajo, del esfuerzo y del progreso.
Argentina necesita recuperar la cultura del mérito, del sacrificio y de la responsabilidad. Necesita volver a enseñar que el trabajo dignifica y que la ayuda social debe ser un puente para salir adelante, no una cadena que ate a generaciones enteras a la dependencia.
Porque una mano tendida para levantar siempre será un acto de amor. Pero una mano tendida para mantener a alguien dependiendo de ella nunca será solidaridad; será una forma de sometimiento disfrazada de ayuda.






